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En 1988, Gaspar Galaz y Milan Ivelic publicaban Chile, Arte Actual; un libro que hasta hoy sigue fungiendo como el principal manual del arte moderno nacional en los despachos de eruditos y diletantes. Ya sean producciones monográficas para mesa de centro –a veces tan rutilantes como descafeinadas– o discusiones encumbradas de la teoría dura; poca literatura especializada instruye al público general en la apreciación de nuestra escena contemporánea. Este texto, editado por Ignacio Szmulewicz, viene a llenar ese poco poblado estante de la panorámica reflexiva del arte chileno. Panorámica que aquí está tamizada por un enfoque tan necesario como hasta ahora ausente: el espacio urbano.

A una fina selección de más de 40 obras presentadas en un catálogo, se suman siete ensayos contundentes y suficientes para comprender la tensa relación del arte y la ciudad en el Chile reciente. Además de la pedagógica prosa del editor, breve e indispensable es el ensayo de Sergio Rojas, entre otros aportes destacables como el de Felipe Baeza, Daniel Opazo o Alejandra Celedón. Los ensayos consiguen superar la discusión del arte como objeto, para entrar de lleno a problemas de cultura, historia y política, en un espacio que tuvo un determinante y dramático punto de quiebre con la Dictadura.

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El texto fija las piezas de un silabario de arte chileno que todo entendido en el espacio público debiera recitar: Cuerpos blandos de Langlois Vicuña (1969), el paso bajo nivel Santa Lucía de Vial, Ortúzar y Martínez Bonati (1970), el monumento a Schneider del mismo Ortúzar (1971-72), la milla de cruces de Rosenfeld (1979), la serie A Chile de Adasme (1979-80), la vilipendiada silla de playa de Nilo (1980), y obras más recientes, como los Arbotantes y Tragapenas de Ramírez (1998-99), el proyecto Nautilus (2000) de Torres y Christie o Fábrica se declara en quiebra (2001-2002) de Preece. Por ello, pienso que este volumen será ineludible para estudiantes, profesionales y aficionados del mundo del arte.

Pero además, el texto permite comprender cómo la intervención artística en el espacio público chileno –moderada en recursos y modulada por la censura política– fue definiendo una forma particular. Los ciclos temporales en donde se inscriben las obras presentadas perfilan el relato histórico de la cultura urbana. Así, al reflexionar sobre las preguntas que formula un arte concretamente situado, el libro de Szmulewicz resulta un aporte clave también para los estudios urbanos; especialmente para quienes investigan temáticas de memoria, estudios culturales, historia reciente y teoría del espacio.

Quizás, por esto es que me parece un equivoco del libro el flirtear desde el título –y fortuitamente en el contenido– con el amplio concepto de «esfera pública», desdibujando el preciso campo donde efectivamente se está indagando con novedad y profundidad: el espacio público de la ciudad. Espacio público acotado y entendido como la relación entre lo humano y su entorno urbano, inefablemente material y claramente determinado por su condición colectiva en propiedad y sentido. El lugar de las prácticas más prosaicas y cotidianas, del poder político y de los imaginarios más barrocos. El espacio público, cuyo relato ha sido innúmeras veces interpretado y subvertido por un arte moderno que desciende de sus plintos y se fuga de los salones.

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Autora reseña

Pía Montealegre. Arquitecta, Magíster en Arquitectura UC. Candidata al grado de Doctor en Arquitectura UC. Profesora UDP.

Ficha bibliográfica

Autor: Ignacio Szmulewicz (Ed.)
Metales Pesados, Santiago, Chile.
502 páginas, 22 x 16 cm, imágenes a color, texto en castellano.
2015.

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Publicado originalmente en 1992, Megalópolis puede ser tomado como un clásico, que describe con precisión el momento de ebullición de la resistencia cultural latina que casi al mismo tiempo analizaba García Canclini. Pero la figura de la posmodernidad, con sus contradicciones y su glorificación del consumo, permite que la sensibilidad de los tiempos actuales resuene con total vigencia en los prolíficos cruces del libro de Olalquiaga. Así como, por ejemplo, proyecta la metáfora benjaminiana de la reproductibilidad fotográfica sobre la explosión del video noventero, al lector le resulta inevitable estirar esas mismas reflexiones y verlas magnificadas en los actuales celulares inteligentes. Latinoamericana, femenina y resueltamente callejera, la autora deambula entre la vereda y la galería de arte sin mayores transiciones. Fiel a su condición de estudio cultural, el texto es el escaparate de un bazar en donde se tratan con el mismo rigor lo cotidiano y lo eminente.

Con una enorme generosidad pedagógica, Olalquiaga no ahorra en la exposición de su marco teórico, reseña de forma didáctica cada concepto clave y regala abundantes referencias. Es por ello que el laberíntico viaje que propone la autora, es de un gran valor propedéutico, guiando hasta al más tierno lector en sus derivas por territorios movedizos y profundos.

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El corazón del libro se estructura a partir de cinco ensayos independientes pero acumulativos. En el primero, se trata la sustitución del cuerpo por su propia representación videograbada y la interpretación de esto como una nueva dimensión de la vigilancia foucaultiana; que ya no es panóptica y vertical sino que múltiple y caleidoscópica. Aunque Olalquiaga lo explica con el porno y los docu-dramas de los 90’s, nuevamente es imposible no pensar cómo se amplificaría su interpretación viendo los actuales reality shows o la red de Facebook. El segundo ensayo se sirve del rescate de antiguas imaginerías futurísticas para hablar de una vida contemporánea cuyo espacio/tiempo es en realidad una escenificación simulada y prestada de nostalgias y presagios de otras épocas. En el tercero, la reiterada pérdida aurática en la adquisición de signos religiosos de la cultura popular, el kitsch y su redigestión como arte de salón, sirven para explicar la condición vicaria o indirecta de la experiencia posmoderna. En el cuarto, la autora pone atención sobre la fijación del arte con la ruina y la muerte y el montaje de una parodia de la ciencia. Cierra con un ensayo en donde trata cómo la cultura latina elabora su propia pantomima de sometimiento al consumo y se vuelve productora de los clichés de su propia imagen.

Megalópolis es de aquellos textos fecundos y estimulantes que, hasta que los leemos, nos hacen sentir que hemos mirado nuestra cultura urbana a través de un estrecho tubo. Olalquiaga es una creativa hermeneuta, a veces empática con sus tiempos, a veces apocalíptica. Y aunque en ocasiones bordea los límites de la sobre interpretación y algunos de sus casos rozan la extravagancia, sus tropos resultan un expedito y necesario atajo en la cada vez más intrincada red de caminos que hay entre las sensibilidades contemporáneas y su sistema de referencias.

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Autora reseña

Pía Montealegre. Arquitecta, Magíster en Arquitectura UC. Candidata al grado de Doctor en Arquitectura UC. Profesora UDP.

Ficha bibliográfica

Autora: Celeste Olalquiaga
ediciones / metales pesados, Santiago, Chile
200 páginas, 24 x 27 cm, blanco y negro, texto castellano.
2014

Más info.