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Este texto abre una serie de reportes sobre la XII Bienal de Arquitectura de São Paulo, organizada por el departamento paulista del Instituto de Arquitectos de Brasil (IAB) y curada por Vanessa Grossman, Ciro Miguel y Charlotte Malterre-Barthes. Las exhibiciones de esta Bienal están alojadas en dos edificios-manifiesto (denominación dada por los curadores): el SESC 24 de Maio y el Centro Cultural São Paulo (CCSP).

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La elección de estos lugares no parece extraña si consideramos que dentro del progresismo arquitectónico de São Paulo existe un posicionamiento a favor de instituciones que promueven la convivencia de usuarios de distintas edades, razas, géneros y clases sociales, a través de programas mixtos. No sólo hablamos de las virtudes del diseño arquitectónico de sus espacios expositivos, sino también de la capacidad de ambas instituciones para establecerse como lugares de libertad, tolerancia y respiro en tiempos de desvalorización de la educación y la cultura como proyectos nacionales. En ese sentido, ambas sedes son un manifiesto en un sentido doble: expresan la potencialidad del proyecto arquitectónico y testimonian la capacidad de las personas para desarrollarse en diferentes ámbitos sociales y culturales que no remitan exclusivamente al trabajo o al consumo. Como recordó Renato Anelli en su presentación, la Bienal, que reivindica el acceso popular y masivo al bienestar, se inauguró apenas una semana después de que, en un discurso de apelación meritocrática, el Ministro de Educación afirmara que “en Brasil no había espacio para todos, sino sólo para los mejores”.

En un mundo superproyectado, dicen los curadores, es necesario observar los objetos y quehaceres más banales, así como las fórmulas que los mantienen y reproducen. Analizar los espacios y rutinas cotidianos nos ayudaría a repensar las implicancias económicas, ambientales y éticas de las prácticas arquitectónicas y urbanísticas. Son tres los ejes que orientan la exhibición: mientras los “relatos de lo cotidiano” discuten diversas formas de producción espacial, “materiales del día a día” reflexiona sobre los recursos productivos que sostienen la vida cotidiana en la era del Antropoceno (categoría utilizada para atender la crisis ambiental global). Entretanto, “mantenciones diarias” analiza las estrategias de cuidado y preservación de edificios, territorios y prácticas sociales.

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Esta Bienal incluye dos exposiciones (una en cada sede), presentaciones, talleres y recorridos por la ciudad, entre otros. SESC 24 de Maio recibe diez obras-dispositivos comisionados por los curadores, mientras el CCSP alberga la muestra principal, compuesta por 74 trabajos provenientes de 26 países. Por ahora sólo discutiremos la primera muestra, atractiva, entre otras cosas, por desistir de usar el piso de exhibiciones del SESC 24 de Maio y privilegiar la localización de los dispositivos en otros lugares del edificio. Escalas de emergencia, rampas, baños, la piscina del último piso y la sala de espera de las consultas odontológicos sirven como espacios expositivos, espacios en que los usuarios pueden encontrarse inesperadamente con las obras. Hay dispositivos de denuncia, tal como Rampante (Marquez y Cançado), que, por medio de una cortina-vitral hecha con telas de protección de obras e instalada a lo alto del edificio, muestra el aumento de las temperaturas promedio de São Paulo desde 1900. Calçadão, la intervención de Andrés Sandoval a la fachada, se adentra en debates patrimoniales: una lámina metálica refleja el adoquinado característico de las calles peatonales del centro histórico. La obra opera como baliza de otros momentos y velocidades de la ciudad, hoy amenazadas por la racionalidad instrumental municipal. En otros casos, son reimaginadas las prácticas cotidianas de los usuarios de SESC. Desde uno de sus impecables ventanales se puede ver O que vemos, o que nos olha (Adamo-Faiden y Vão), un departamento vecino lleno de espejos, metáfora de la pulsión voyerista que, como en la ventana indiscreta de Hitchcock, acaba tentándonos. Homo urbanus, la video-instalación de Bêka y Lemoine, muestra situaciones del día a día de grandes ciudades como Bogotá, Seúl o Nápoles, estableciéndose como un recordatorio para los paulistanos de que, por muy excepcional que consideren su ciudad, ella comparte dinámicas que trascienden sus fronteras.

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Tres dispositivos condensan con más fuerza los principios orientadores de la Bienal. Arquitetura como sociedade renderizada, de Andrés Jaque/Office for Political Innovation, indaga en la obsesión contemporánea por las fachadas transparentes desde una perspectiva tecnopolítica y socioambiental, mostrando cómo se intersecta la vida cotidiana de uno de los limpiadores de ventanas del SESC 24 de Maio con los impactos de la producción global de vidrios de alta gama. Casa, de la empresa de construcción civil Concreto Rosa, también discute las condiciones estructurales que definen la práctica arquitectónica contemporánea. El proyecto relata la experiencia de una empresa/colectivo formado por mujeres negras y profesionales cariocas que ofrecen servicios de mantención y remodelación para edificios residenciales y comerciales, además de capacitaciones a mujeres interesadas en aprender el oficio. Una colección de objetos recolectados en esos trabajos, junto a testimonios de personas atendidas por la empresa, ayudan a comprender las pautas de género y raza, así como los marcos de desregulación y precarización laboral que impulsaron el surgimiento de esta empresa feminista.

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Nova República es, hasta ahora, la decisión curatorial más radical de la muestra. El antropólogo Hélio Menezes y Wolff Architects (Sudáfrica) desarrollaron un dispositivo que tensiona la cotidianidad del propio edificio-manifiesto del SESC 24 de Maio. La denominación del proyecto hace referencia al nombre del barrio donde se localiza el edificio (República), pero también a la crisis del pacto social en Brasil, proponiendo una reflexión sobre las posibilidades de emergencia de nuevos modos de convivencia a escala local y nacional. El proyecto surge del interés por entender los impactos de la llegada de la institución sobre su entorno más próximo, un área vinculada históricamente a la población negra de la ciudad. Como el propio Menezes señala, es difícil que en las fotos del SESC 24 de Maio no aparezca el reflejo de uno de sus vecinos, la Galería Presidente, núcleo de la investigación y donde funcionan decenas de salones de belleza afro. Además de un alza en los precios de arriendo en esta galería tras la apertura del SESC en 2017, la investigación reveló la existencia de una barrera más o menos invisible (según la raza y clase de quien observa) que dificulta el acceso de los locatarios de la galería al centro comunitario, así como también de las peinadoras, trabajadoras informales que ofrecen servicios de peluquería para cabellos crespos en la calle 24 de Maio. Una estructura flotante sujeta por cables conecta físicamente al SESC y la Galería Presidente, en un intento por reconciliar simbólicamente ambos lugares y reflexionar, en términos raciales, sobre la apertura del centro comunitario hacia la ciudad, uno de los atributos del edificio más alabados por la comunidad arquitectónica. El dispositivo se completa con la reproducción de una de las peluquerías de la galería en el hall de acceso del SESC. La idea era que este salón fuese utilizado por algunas de las peinadoras, sin embargo, como relató Menezes en su presentación, desencuentros institucionales impidieron que estas mujeres trabajasen allí durante la Bienal. La tensión es puesta en escena y el conflicto es reproducido por el mismo dispositivo. ¿Acceso para todos?

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Tal vez una de las más cuestiones más interesantes de esta Bienal sea entender lo cotidiano en su condición histórica, estructurada por raza, género y clase. Los primeros días han mostrado una articulación político-cultural cruzada por las ideas de lo infraordinario de Perec, pero también por otras tradiciones de pensamiento, presentes explícita o implícitamente. Están las visiones educacionales y raciales de Paulo Freire y Sueli Carneiro, los principios cosmológicos de la cultura Yanomami narrados por Davi Kopenawa, el rigor observacional de Denise Scott-Brown y los análisis tecnopolíticos de Beatriz Colomina, entre otros. La Bienal vincula a la arquitectura con filosofía política, antropología, estudios de género y raza, economía ambiental, artes y activismo contemporáneo, en un intento por entender y transformar las prácticas del campo. Además, busca hacerlo por medio de obras y debates que conciten interés fuera de los círculos de siempre. El objetivo es enorme y participa de un diagnóstico compartido con otras exhibiciones que se desarrollarán en los próximos meses, como la Bienal de Chicago (…and such other stories) y la XXI Bienal de Arquitectura y Urbanismo de Chile (Feria libre de Arquitectura, lo común y lo corriente). Como esos encuentros, la Bienal de São Paulo nace de la promesa de examinar el aquí y el ahora, intentando repensar formas de intervenir un mundo en el que no existiría más espacio para prácticas arquitectónicas y urbanísticas desentendidas de sus costos sociales, ambientales y políticos. El diagnóstico es tan lapidario como desafiante: ¿cómo actuar entonces si el proyecto es, en sí mismo, el causante de la crisis? Las respuestas son difusas, pero al parecer estarían en el examen de lo cotidiano o, más bien, en el análisis de la conformación histórica de las circunstancias que configuran el día a día. No es poco para una exhibición de arquitectura.

columna de opinion

Autor

RODRIGO MILLÁN es sociólogo y magister en desarrollo urbano, ambos por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Además es doctor en arquitectura y urbanismo por la Universidad de São Paulo.