UNA OBRA…

Lo propio de mi forma de ser, es que no sé nada, no leo nada, no estoy informado de lo que hay que estar informado en el momento dado; soy un poco ingenuo. Pero hay dos obras que me impresionaron mucho, y esto me lo hizo ver un compañero de la Universidad -Andrew Harris- cuando estuve en España; me cargó los dados y me dijo: mira, después de recorrer Europa te vas a acordar de estas dos cuestiones y partimos para la Alhambra y luego al otro lado de los Atlas, a Marruecos, por la parte desértica. Me impresionó toda esa arquitectura de oasis, de borde de oasis marroquí, que ya no se recicla, que se están encontrando cada día al lado con un bloque de cemento. Es como el Valle del Elqui pero más ancho, como de un kilómetro de ancho; una depresión mucho más discreta con un paisaje de palmas en hilera y todos los bordes construidos con una arquitectura continua, como de granitos de azúcar que son viviendas, kashbas como de tres pisos de adobe que se están cayendo. Lo que es impresionante es ese equilibrio de fuerza, que la gente que vivía ahí tuvo tan claro que había que ponerse en ese límite para hacer un uso racional del suelo, o sea, se equilibra la forma construida con la manera de habitar.

La otra obra es la Alhambra, porque tenía esa cuestión que es preciosa de estar hecha como un aglomerado de tierra casi sin valor; es como quien saca arena en la playa y simplemente la aprieta, pero, con harto tiempo para pensarlo. Y donde hay que poner un énfasis, es en esos mármoles usados con una discreción impresionante, como alféizares incrustados muy cuidados, y donde por otro lado te topas con toda esta ornamentación de yeso, muy pretenciosa, pero también hecha con materiales baratos y muchísimo tiempo, con mucho pensamiento. Eso me impresionó y me emocionó; que esos muros hechos igual que mi casa, de tierra, un turrón blando, hayan tenido esa permanencia con tan pocos medios, tan humildes y tan grandiosos.

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Kashba, Marruecos.

LA MÁQUINA DE CORTE;
Parte I: El Desafío Aislado.

Me gustaría que pudieras hablar de algunas cuestiones que ya son como míticas en nuestra Escuela de Arquitectura: una es el famoso Plotter o máquina de corte, nos interesaría saber en qué consiste, y para qué es: qué corta, qué es lo que no corta, qué tan máquina, qué tan herramienta es y de dónde nace el interés y la necesidad de construirla.

Mira, es producto de una obsesión, que está conectada con muchas cosas para atrás. Esto empezó efectivamente, con una especie de duelo, con mi mejor amigo- Lars Tschumi- que cuando salimos del colegio se metió a estudiar computación mientras yo me metía a estudiar arquitectura. Y entonces, después del primer año de carrera nos pusimos a conversar, él desde su experiencia de futuro “computín” que conocía en ese tiempo los Sinclair y todas esas cosas bastante precarias, y yo desde un ámbito de hacer cosas con las manos, que buscaba poder mover algo con un computador que me pudiera resultar útil en términos prácticos. Entonces él me dijo que con estas cosas de computación se podía hacer prácticamente todo, donde el caso típico es el de una impresora: una impresora es un pequeño robot y se puede potencialmente meter mano al concepto impresora. Pero una impresora en ese tiempo costaba lo mismo que un auto para mí, o sea era imposible comprar una impresora o armar un computador. Lo central era el desafío aislado, totalmente desconectado de la vida académica, de todo. Esto fue diez años antes de que yo efectivamente terminara el Plotter.

Pasaron tres años desde esa conversación Un día en el Mercado Persa encontré una tarjeta de un computador Sinclair botada; se la mostré y me dijo: mira, ese es un 780, un microprocesador, pero ese otro chip, no tengo idea. Al tiempo encontré una enciclopedia, esa que se llamaba Petete, en la que salía una descripción de todo lo que contiene cada una de estas pastillas. Lo central era entender cómo se podía mover uno de estos motores que tiene la impresora, que son motores de paso. Lo siguiente por tanto, fue ir a la Phillips con un código de un motor. Me dijeron que me olvidara, que no existía el repuesto, que no se podía ni encargar ni ubicar. Entonces me fui a Ingeniería Civil de la Católica, hablé con un señor y le dije que quería literatura sobre motores de paso. Me mandó a buscar en la biblioteca, pero no había nada, así que otro señor me dijo: “mira, estoy demasiado ocupado, pero fotocópiate esto”, y me pasó un manual de la Phillips con la descripción de qué era esto y una especie de resumen, de plano de cómo se podía hacer un controlador para esto, que es la etapa de interfaz. Entonces ahí de nuevo estuve como dos años con esta cuestión guardada.

Qué hacía yo si no tenía idea de electrónica, nada, jamás había usado un transistor. Y entonces, insistí en el cómo descubrir este mecanismo y cómo funcionaba este nuevo plano que tenía.

Descubrí un lugar, una especie de Casa Royal muy sofisticada, que era una oficina, que comercializaba todo este sistema en torno a partes y piezas de computadores, pero a nivel industrial. Ahí encontré una empresa que se llama Victronic que tenía cosas muy específicas. En el mesón me puse a conseguir un motor de paso, porque para mí todavía no existía el mundo del desarme de impresoras y cosas así. Entonces un tipo me dice: “mira, si quieres un motor de paso tienes que ir a la Desarmaduría Carrascal que es de IBM”, la única referencia de que me dio fue un portón verde. Partí en micro, me perdí, horas tratando de dar con ella, hasta que al final di con el famoso lugar y efectivamente había cantidad de chatarra, impresionante, como para hacer cualquier cosa. Ahí vi, realmente tremendos motores y otra cierta cantidad de motorcitos que serían capaces de mover una pequeña máquina de herramientas, o minirobots que se podrían hacer a partir de ahí. Estuve conviviendo con este “cachureo” hasta que Tschumi me invitó a una Softel. Nos pusimos a recorrer y vimos a un personaje que era un inventor que había tomado un torno metal-mecánico chico, como de joyero y le había puesto dos motores dentro. Estaba torneando piezas de un ajedrez y eran los mismos motores de Carrascal; los reconocí inmediatamente. Este tipo tenía un montón de gente que lo estaba mirando, era como una cosa de otro planeta. Yo sentí que me estaban apurando. Trabajaba como ingeniero o asesor en una empresa minera. Tenía en esa ocasión una fotocopia del principio de su invento, que era en el fondo, el tema de mover motores de paso con una interfaz computacional básica en Pascal. Hablé inmediatamente con él -me dio una tarjeta- y me dijo: “anda a verme por cualquier cosa, yo encantado te doy todo tipo de información para que tu armes tu tarjeta y cualquier opción de éxito que tengas en el futuro en torno a este invento, por favor menciona la fuente”.

Este tipo había patentado un mecanismo 3D, pero más no porque ya los gringos lo tienen hecho, o sea, las patentes de los motores de paso son del año 62 o 65. No hay nada nuevo bajo el sol, lo que pasa es que aquí llega muy lento no más. De hecho, una vez que tuve acceso a internet me di cuenta de la cantidad de gringos locos que estaban en lo mismo.

Yo en ese tiempo, supuestamente tenía que dedicarme a la escuela, pero en realidad me metía al subterráneo de la casa donde estaba viviendo y sacaba mis cachureos y me ponía a armar mi invento. Durante como un año y medio estuve usando los transistores para el otro lado, que no funcionan bien, no tenían fuerza. Hasta que, finalmente el 94 armé el artefacto. De paso me obligaba cada vez, a aprender mejor otros asuntos. Por ejemplo empecé a investigar cómo hacer un circuito impreso, porque no me iba a funcionar pegando cosas, conectándolas con alambres. Dibujé entonces esta cosa a mano, en papel diamante; luego lo hice en serigrafía para poder hacerlos semi-industrialmente y después, finalmente conseguí hacer una tarjeta que es la que estoy usando ahora. Mi amigo hizo los primeros códigos para mover este asunto y efectivamente, me acuerdo que para mi cumpleaños del año 94 hicimos mover un motor 90 grados al este. Estábamos muy emocionados. La idea en ese tiempo era ocuparla para hacer plantillas de dibujo, que en ese entonces las hacía un tipo en un pantógrafo a mano; primero hacía una pasada de corte y después un repaso del borde con una segunda pasada, o sea, se trataba de optimizar esto.

Jamás había pensado, en una máquina para hacer maquetas, me parecía mucho más complicado. Un amigo que cuando le conté en lo que estaba, me dijo: oye, pero haz una máquina para hacer maquetas.

LA MÁQUINA DE CORTE;
Parte II: algoritmos y algo de las máquinas de la máquina.

A partir de ese momento archivé el asunto, porque una vez que ya conseguimos poder mover motores, me quedé tranquilo. Además me di cuenta también que lo que quedaba en código para programar realmente el movimiento de la máquina, era bastante largo para nosotros, para nuestros medios. Básicamente me di cuenta de que me faltaban un montón de medios para hacer las piececitas de lo que podía más adelante ser una máquina. De a poco fui juntando el “cachureo” necesario para poder hacer piezas de aluminio, tornearlas, hacer engranajes, correas y todo ese tema, a partir de esta armaduría. A esa altura yo ya decía: “oye, estoy haciendo esta máquina”. Mucha gente empezó entonces a regalarme todos los cachureos que aparecían. Producto de eso tengo bastantes cientos de kilos de mugre en mi casa. Y entonces compré un torno con una plata de un trabajo. Después mi viejo arregló lo que fue originalmente una fábrica chica de champignones que teníamos en una parcela, de media hectárea y quedó un galpón de como 70 m2 que ahora es un taller, con piso de tierra y que se llueve un poco, pero ahí están todos los cachureos para hacer eso. Entonces instalé el torno, una sierra de huincha que corta metales, una sierra circular para madera, varias máquinas. Me conseguí un taladro de pedestal que arreglé y le traté de meter control numérico varias veces. Casi todos los cuadernos de la Universidad de esa época tenían algún dibujo de configuraciones de rueda, de cómo hacer más económica la cantidad de ruedas, etc. Aprendí a tornear.

En total hice unos tres prototipos; uno que fracasó lo tengo ahí. Fui probando un montón de cosas: porque esto necesita un cuchillo que oscila verticalmente, un cuchillito “olfa”, o sea, busqué un cuchillo lo más estándar posible para que fuera, un poco, como la Citroneta del tema, que no dependiera de insumos caros. Había probado primero con una aguja; en qué medida una aguja oscilando a la mayor velocidad posible que uno puede conseguir con medios caseros, es capaz de cortar, así como una máquina de coser. La ventaja de la aguja es que uno la podría mover para uno y otro lado en ángulo recto, que es fundamental. Pero lo más rápido que puedes conseguir son los 50 Hz con un motor de 3.000 Rpm que es lo normal. A 50 Hz tu lo mueves 10 cms, en 2 seg y le pones puntadas cada medio milímetro, por ende no puedes cortar nada; queda prepicado. Ahí decidí que tenía que ser con un cuchillo y orientar el cuchillo paralelo a la trayectoria; si quiero hacer un círculo tengo que ir aproximando en cada cambio de ángulo. El programa además tiene que recordar el ángulo en que va y descontarlo de un ángulo original y al final de toda la vuelta volver a cero sin perder precisión. Entonces Tschumi escribió los primeros códigos para mover un motor de paso en una sola coordenada; eso fue el año 94, y el año 97 yo ya tenía semi-armada la estructura. Estuve como 6 meses llamándolo todos los días; yo escribí todo el algoritmo, que es la frecuencia en la cual tienen que ir pasando las cosas, pero de lo que se trataba era de programar, que es pasar a un lenguaje concreto, compilarlo y correrlo de modo que funcione.

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Plotter o máquina de corte. Sistema de corte.

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Plotter o máquina de corte. Mesa de corte.

LA MÁQUINA DE CORTE;
Parte III: No Saber.

Si la idea comenzó el 87, ya llevaba diez años en esto. Pero todavía había un error de programación que duró como un año, porque un círculo se descompone en unas 200 rectas chicas, y el programa del motor de paso lo que hace es calcular la pendiente de cada recta, dividir el cateto opuesto por el adyacente, sacar la pendiente y sacar la cuenta qué cantidad de pasos tengo que girar a la izquierda o a la derecha para mover el cuchillo a ese ángulo. Eso da por ejemplo 7,32 pasos, pero los pasos son enteros, no hay pedazos de pasos, entonces esas fracciones se sumaban de una manera no eficiente y al final de tres cotas, no cerraba, no cuadraba y el final del ciclo quedaba el cuchillo con un ángulo de en vez de 0º, como de 0,5º; se iba incrementando y al final terminaba cortando levemente de lado. Y claro, para resolver eso, estuve como unos seis meses atareado, pensando como hacerlo. Me acuerdo que me dio gripe una vez, y como que en la fiebre apareció la solución; agarré un lápiz lo corregí. De ahí en adelante no le he hecho nada más.

Lo cierto es que yo nunca tuve computador hasta que terminé el Plotter, me compré uno para poder echar a andar el Plotter. Como mi amigo tenía el computador, me gasté la plata en otras cosas para poder hacerlo. Cuando tuve el mío, tuve internet y descubrí el mundo de los que han hecho lo mismo que yo. Encontré las especificaciones de una máquina que tenía el sistema para hacer girar el cuchillo; de hecho tenía un nombre: se llamaba “Movimiento tangencial de cuchillo”. Las rpm, la amplitud de movimientos del cuchillo era 0,25 y yo estaba usando 0,5. O sea, no 2, ni 4, ni 1, sino que un 50% de aproximación y que era lo que usaba industrialmente un gringo que vende máquinas para todo el mundo. Ese tipo de cosas es frustrante y apasionante a la vez. Porque la pregunta la tuve mucho antes siquiera de ver que estas cuestiones existían. Y aunque te demores 10 años más de la cuenta, yo prefiero no saber. Si hubiese sabido que existía esta máquina no hubiera tenido ni un interés en hacerla. Para mí lo importante es no saber. Porque el que está metido en el ámbito no tiene ni una capacidad de asombro de su quehacer y eso es al final “la” herramienta que da impulso a una persona, la capacidad de asombro; poder encantarse con algo. Por lo menos para mí, todo es construido en base a mi mala evaluación académica, mi mala auto evaluación académica; es cómo encontrar medios para hacer con mis medios.

Ahora, es indudable que esta máquina se dio porque conecta unas especies de diagonales sobre varias cosas. O sea, había que aprender a tornear una pieza para hacer eso. Para eso necesitas tener un torno en tu casa, sino no, vas a tener que subir con un carrete de hilo y no te va a funcionar. Hay que tener las ganas y entonces de a poquitito, envenarse y que nadie te diga por dónde irte, o sea,cada uno a inventar su propio camino.

El fin tampoco ha sido la máquina sino que más bien el proceso. No me gusta la electrónica, tampoco sé si me guste la mecánica; no me gustaría ponerme a reparar vehículos. Pero esto de recombinar cosas comunes y hacer algo distinto, era lo desafiante en este asunto; cómo algo que no está probado que yo pueda hacerlo y ese era un poco el aliciente para seguir metido en este asunto. Lo que tengo básicamente ahora es un cuchillo conectado a esta máquina que me permite, dándole instrucciones con CAD hacer corte. En general corta láminas desde cartón hasta terciado de álamo, y el trovisel que es una espuma de PVC de 3 mm. Ahora estoy haciendo una fresadora de 3 ejes que es una máquina hecha de plancha de 12 mm. y basado en una mesa de cruz , manual. La idea es seguir buscando la manera de hacerla semi-industrialmente. Cuando llegué de España, encontré una máquina matricera de plástico antigua, del año 70, pero que estaba funcionando. Me empecé a meter entonces en matricería para hacer las piezas de los engranajes que tienen que ser inyectados de plástico o ciertas partes estructurales que pueda fabricar de plástico y en el fondo, de ahí arrancó también mi tema de proyecto de título que está vinculado a eso.

Personalmente siempre pienso eso, que hay una formación académica de diseñadores, de gente que tiene capacidad de diseño pero con una brecha, una especie de black out entre ese mundo y el mundo del industrial. Falta una capacidad de conversación entre estos dos mundos. Lo veo porque la gente que diseña tiene capacidad de definir conceptualmente los objetos que crea, pero no hay medios para tratar de materializarlos; no tienen ni el oficio para hacer los modelos ni menos la noción de cómo tendría que ser un molde para poder hacer esas cosas.

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Plotter o máquina de corte. Sistema interno.

LA MÁQUINA DE CORTE;
Parte IV: láser casero.

¿Qué tan sofisticada es la tecnología que se requiere para reemplazar el cuchillo por un láser?

Nada. Hay muchísima gente que se ha construido un láser. Hay una comunidad de inventores, de cachureros del láser en los EEUU y existen kits para hacértelo tu mismo, por U$ 1.300. Te venden un tubo de pirex de 3 pulgadas por 1,5 m. de largo, que son en realidad dos tubos, uno metido dentro del otro, con dos corchos de goma en las puntas y otro tubo de media pulgada que es el láser propiamente tal, que va metido adentro. Entonces hay un circuito cerrado de agua que mantiene frío esto y hay un espejo opaco por un lado y otro semitranslúcido. Hay dos cables, un ánodo y un cátodo de cobre, que puede ser una cañería de cobre en las dos puntas dentro de este tubo chico, lleno de una mezcla de gas de Helio, Hidrógeno, Nitrógeno y gas carbónico – porque el láser que corta es el gas carbónico- y entonces se le meten, no sé, 4 mil voltios o 10 mil voltios y empieza a rebotar -esa es la explicación que uno se puede dar así, intuitivamente – empieza a rebotar la energía para los dos lados hasta que rompe por el lado que es semitransparente y por ahí sale el haz, pero como de media pulgada por lo que hay que concentrarlo con unos lentes que son super, súper caros y son de un material que es capaz de resistir esa fuerza. Entonces hay que conducir este haz por espejos hasta donde tu quieres cortar y ahí finalmente concentrarlo con este lente que tiene que estar a la distancia focal definida que son como 3 cm y 1,5 cm. El problema es que además hay que tener un sistema de extracción de los gases porque el humo genera hollín que se te pega en el lente, se pone opaco, se calienta y se quiebra. Entonces se requiere un sistema de arrastre de los gases, pero es sencillo, vi una máquina funcionando y tiene una ranura con un vidrio por arriba que además impide que salga el haz y rebote en algo, que es muy importante porque te echa a perder los ojos. Hay una cortina de aire que chupa por un lado y sale por otro, va arrastrando el humo que va saliendo, se puede.

Está también lo del chorro de agua: lo que pasa es que no quema el borde, porque el láser tiene ese problema. El láser que uno puede manejar caseramente o en una oficina es del orden de los 15 a los 30 watts, de láser de gas carbónico. Pero un láser, por lo que he leído en internet, de unos 150 watts vaporiza tan rápido que no alcanza a conducir el calor a la pieza y de hecho ese tipo de máquina es más sencilla porque no tiene el cuarto eje tangencial. Esa fuente de poder vale 4 ó 5 mil dólares, o sea que es razonable, no es una inversión tan importante, pensando que es una máquina a la que le puedes sacar un rendimiento. Claro, la máquina chica completa de formato 30 x 60, vale como 18 mil dólares; y una de DIN A0, de pliego, vale como 50 mil dólares.

¿CÓMO HACER PARA HACER?

Lo que habría detrás de todo esto es que el proyecto termina fuertemente influido por las herramientas disponibles. La forma que uno puede eventualmente ver como resultado, es más bien consecuencia de unas herramientas y procesos de fabricación disponibles, que la materialización de una voluntad inicial. Pero al estar tan metido en el proceso de fabricación ¿no se debería estar abierto a reaccionar a lo que aparezca como pura posibilidad intrínseca de la herramienta que se inventa, y no sólo mirar lo que uno buscaba antes de empezar el proceso de invención?

Para mí, meterse en el proceso, es en el fondo, seguir atajos para hacer lo mínimo; es la lucha económica de aperarse de lo necesario para producir – conseguirme un torno o adaptar un torno para otra cosa – toda esa cadena de piezas, de medios para conseguir el objetivo, objetivos chicos que son a su vez medio para otro objetivo y así como un mosaico de cómo hacer para hacer.

Ahora estoy investigando el tema de la matricería, concretamente una matriz de inyección de plástico. Una máquina chica que compré, tiene una presión de cierre de 50 toneladas que se aplican sobre 20 x 20 cm para que el molde no se abra al momento de meterle el plástico derretido y tiene 10 toneladas de presión de inyección por el lado de la jeringa que le mete plástico derretido; es una máquina de casi dos toneladas. El molde es una pieza de acero, tradicionalmente una pieza de dos bloques de acero con mecanismos por dentro que hacen que la pieza salga expulsada cuando se abre. Por ende un molde para hacer una pieza plástica de este tipo, es una cavidad tallada en un acero muy duro, que requiere un gran nivel de precisión, sobretodo cuando la pieza que se quiere moldear tiene mucho detalle. O sea, que hay no sólo una máquina, sino una serie de máquinas relacionadas; hay que partir por cortar un bloque, prestar una cavidad aproximada, fresar un electrodo en cobre, preciso, eventualmente repasarlo manualmente o con otras técnicas y meter ese electrodo en una máquina de electro-erosión que con una descarga eléctrica va comiendo la superficie hasta llegar a un nivel de precisión de forma e incluso textura bien grande.

Cuando compré esa máquina dije: tiene que haber una manera de hacer matrices baratas para tiraje chico porque las matrices de acero son de 10 mil piezas para arriba y se rentabilizan en un millón de piezas, entonces con mi plata no lo voy a hacer nunca y yo creo que ya probablemente ni fabrique uno a esta altura. Pero efectivamente me puse a buscar maneras de hacer matrices económicas y di con un plástico, un bicomponente que casualmente justo salió ahora, que es como el Poxipol al que tu le sacas una copia a tu modelo. Eso significa que tú puedes hacer un modelo manual como el que hacen los estudiantes de diseño y a eso sacarle impresiones de plástico o de plástico reforzado con fibra de vidrio. Y ahora, lo último es que encontré una técnica para hacer esto con electro-depósitos, o sea, si tú esta pieza eres capaz de hacerla conductiva, la cara exterior, con polvo grafito por ejemplo, que conduce la electricidad, entonces lo puedes meter esto en un baño electrolítico y pegarle primero una capa de 2 mm de níquel, que es bastante duro, después poner los canales de refrigeración, una cañería de cobre adherida – porque esta cosa hay que refrigerarla – y después una capa de 5 ó 6 mm de cobre y detrás este otro plástico, haciendo finalmente una especie de composit de un montón de capas desde la más dura hasta la más blanda para adentro. Con esto te saltas todo este proceso tradicional de la fresadora de 10 millones de dólares.

MADERA DE BALSA

Ahora, la segunda cuestión que yo creo que está asociada a lo mismo es que alguien me contó que anduviste en Ecuador y que te trajiste un pedazo gigantesco de madera de balsa. Porque, dejando de lado el mundo de los “souvenirs” turísticos, uno de los viajes traería más bien fotografías, libros, cuadernos, pero tu traes algo sobre el cual trabajar, digamos que traes materia prima.

Esta es quizás una cuestión entre romántica y mística. Mi papá y mi tío eran aeromodelistas, desde chicos y tienes que imaginarte cómo era ser aeromodelista en Chile en el 60. Bueno, para hacer aviones cuando chico, mi viejo tenía que ir a la Fuerza Aérea el 30 de abril a comprar un palo de balsa aserrado; la Fuerza Aérea los usaba para hacer algo. Entonces partía con el palo donde un viejo que se había armado unas sierras de estas de peine, digamos, con varias sierras juntas, y lo laminaba. Ahí salía esta cosa media peluda y había que agarrar un palo de lija y rebajarlas manualmente porque salían tablas del mismo ancho.

Yo escuché todas estas historias hasta más o menos los 6 años, en que todo esto me entró así como por osmosis. Cuando yo tenía 6 años era el 72. Hasta el año 74 casi no se conseguía en Chile un pedazo de madera de balsa. Los primeros kits de avioncitos llegaron a la Casa Hombo en el centro y un día llegó mi papá con un kit y finalmente armamos un avioncito. Mi papá tenía hartos dedos para el piano y yo creo que fue un poco la semilla de toda esta manera de hacer las cosas. El kit traía una tablita de madera de balsa pequeña, con las costillas impresas, y otro palito como de 30 cm. cortado en ranuras que tu les quebrabas. Entonces en total la madera de balsa que venía era casi nada, además de un bloquecito de 2 x 2 x 2 cm. para hacerle un spiner al alerón del avión que era un B- 51. Entonces, mi viejo lijó el spiner, le hizo el hoyo para meter la hélice de plástico y yo quedé impresionado con eso. Después de eso empezamos a ser esos típicos aeromodelistas consumistas, compramos el equipo de radio control y toda esa tontera y nos duró unos cuatro años hasta que nos dio asco y empezamos a cachurear otras vetas del aeromodelismo. Hay todo un ámbito que se llama el vuelo libre; bueno, en ese tiempo todavía funcionaba el vuelo libre que son planeadores de arrastre, que se tiran con una línea de nylon que tiene un límite – está todo regulado- y en 50 m el tipo tiene que sentir en la mano la térmica. Cuando el avión pesca la térmica, ahí entonces le pega un tirón y se suelta y la idea es hacer 5 vuelos de tres minutos que para ese tipo de aparatos es un muy buen vuelo. Nosotros estábamos metidos en un ámbito de aviones cargados a elástico, un elástico de torsión, en que se competía con unos avioncitos que tenían que pesar 80 g, con alas de 1,20 m. Quiero decir mínimo 80 g; nosotros podíamos haberlo hecho mucho más liviano, pero ya no eran oficiales, y no podríamos haber competido con ese gramaje porque habría sido ilegal. El motor, que era el elástico, pesaba 10 g y que al torcerlo generaba en el primer segundo como 1/4 Hp lo que era una potencia enorme. Las hélices eran como de 40 cm de diámetro, y después de unos 40 segundos se trancaban y se tiraban para atrás para que el avión pudiera planear mucho más grácilmente. Yo cultivé esa categoría, y armaba los aviones con una plancha y media de balsa y papel japonés tissue. Para mí la balsa entonces era una cuestión media sacro-santa y ver un árbol de balsa era casi todo el objetivo del viaje a Ecuador. Esto fue en todo caso cuando ya el consumo de balsa acá era obsceno; todo se maqueteaba en balsa y para mí eso era hereje total. Hasta hoy me resisto a maquetear en balsa, me resisto, no puedo. Y cuando ando por la escuela y veo las maquetas botadas, ando como esos cartoneros recogiendo balsas. Yo sé que no las voy a usar nunca, pero las recojo en una bolsa y me las llevo a mi casa y me siento como humillado, pero ahí están.

Volviendo al viaje, la Boya -porque el árbol se llama Boya- tiene un diámetro como de 40 cm. Y es un árbol que mojado es pura agua, pero livianito una vez que se seca. Los viejos lo cortan a motosierra y cuando se cae se hace polvo porque es super blando y super pesado. Bueno, en este viaje me fui para arriba, hacia el interior de la costa ecuatoriana. Me iba preguntando y cada vez me metía en un pueblo más adentro. Hasta que veo un viejo que efectivamente acumulaba estos palos para secarlos y mandarlos a aserrar a Guayaquil. Eran como de 1.20 m y de 8” x 4 “, unas basas cortadas a motosierra; elegí unas seis, las amarré y anduve todo el viaje con esos cachureos que pesaban como árboles. Esos palos hasta hoy los atesoro; me he consumido uno recién, todavía tengo cinco.

LA CASA DE ADOBE O ARQUITECTURA SIN AUTOR

Lo último que queda por preguntarte es ¿cuál es la motivación a orientarte hacia los estudios de arquitectura y no por ejemplo hacia los de ingeniería o electrónica?

¿Sabes por qué entré a estudiar arquitectura? Porque mi papá quería hacerse una casa. Le gustaban las casas de adobe. Un día mi viejo quebró; lo único que nos quedó fue una parcela en Pirque a medio pagar y con los últimos 5 millones de pesos, nos pusimos a hacer adobe nosotros con un maestro. Hicimos los cimientos de la casa con dos millones y medio, y empezamos a hacer un hoyo para sacar tierra y hacer adobe de ahí mismo y nos pusimos a construir. Hicimos dos pisos de adobe de 60 de ancho, entonces pensé: al final voy a terminar haciendo casas igual así que me abrí al camino de estudiar arquitectura. La única casa que he construido, que construimos con Benjamín Appelgren -un compañero de la escuela- es de adobe. Queríamos que la casa naciera vieja y entonces estuvimos mirando y dibujando casas en un viaje en tren al sur y viendo como se usaban las varas de álamo y todo este cuento. En general no hay mucho que agregarle al tema; ya está todo probado por el camino vernáculo. Tomamos las precauciones para que no se cayera, o sea, le tejimos todo tipo de palos y cuestiones entre medio; yo debo haber estado como en segundo año de carrera.

En torno a la cuestión del adobe, yo siempre hallé apasionante, el que por ejemplo uno pudiera llegar a esa parcela, haber plantado varillas de álamo que en 6 años se habrían convertido en varas, se habrían elaborado, es decir, con un asadón, una azuela y un caballo quizás, podrías haber hecho todo. El piso que usamos eran esos baldosones de 40 x 40 x 10 de Chena, baldosones que son de horno panadero y se ponen sobre arena no más y después se fraguan, ni siquiera se hace un radier; si lo único hereje ahí era el cemento para pegar piedras. Es bonito en el sentido de que la casa de adobe tiene por otro lado un ciclo de desgaste sísmico. Eso me emociona del adobe; está prohibido por la ley construir en adobe acá, pero tiene su ley interna, no lo obliga nada. Si lo entiendes bien, no hay nada que agregarle. Mientras mejor lo entiendas en su propia ley, mejor y por ende más lejos de la arquitectura y más cerca del oficio.

Entrevista-Alejandro-Luer-titulo

Publicado en

Material de Arquitectura
Editor: Alejandro Aravena
Editores asociados: Sandra Iturriaga, Ricardo Torrejón
Noviembre 2003

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Exposición ‘Ilustraciones: Smiljan Radic / Alejandro Lüer en Galería AFA